Los otros curas

Publicado en El País
Lejos de las posiciones más conservadoras de la jerarquía oficial, muchos sacerdotes luchan por una Iglesia más cercana a los que sufren y con un mayor papel para los laicos. No se sienten perseguidos ni obsesionados por la moral sexual; ellos tienden puentes con la sociedad y apuestan por los pobres y los emigrantes.
Eusebio Losada y Quintín García no se conocen. Quintín es sacerdote en Babilafuente, un pueblo de Salamanca; Eusebio es cura en Sestao, una villa próxima a Bilbao. Quintín tiene 61 años y Eusebio 49. Quintín es dominico y Eusebio escolapio. Quintín es licenciado en Filosofía, Teología y Periodismo; Eusebio, en Teología e Historia. Quintín trabajó en una barriada marginal, dio clases en la universidad, y en los ochenta se hizo cura rural cuando nadie quería ser cura rural; Eusebio ha dedicado toda su vida sacerdotal a la enseñanza, los jóvenes y su parroquia. Son dos buenos tipos. Sencillos y austeros. Felices con su trabajo. “Esto no es un cargo, es una tarea”. Los dos aman la Iglesia. Los dos son críticos con la Iglesia.
En octubre de 2004, Quintín publicó Contralamentaciones de un católico, un artículo en defensa de los derechos de los homosexuales. Lo iniciaba con un “me parece muy bien que por fin no sean denigrados por su inclinación sexual”; lo concluía con un “no usaré el púlpito de mi comunidad para defender los intereses de los obispos”. En la misma línea, Eusebio publicó en mayo de 2005 una reflexión titulada Matrimonio entre dos personas del mismo sexo que concluía: “Espero con alegría y satisfacción la aprobación de este proyecto de ley”. Quintín y Eusebio habían firmado su pena de muerte eclesiástica.
Unas semanas más tarde, tras una operación de acoso y derribo dirigida por su obispo, sin saber de qué le acusaban ni posibilidad de defensa, Quintín García decidió renunciar a su cargo y sueldo parroquial: “Me adelanté a que el obispo me leyera la sentencia. No iba a tener fuerzas para guardar las formas reverenciales. Ahora vivo de lo que escribo”. Después de un proceso similar, Eusebio Losada siguió su mismo camino. “Antes de que me echaran renuncié a mi sueldo y parroquia; hoy me gano la vida en un trabajo civil. Soy cura y nunca dejaré de serlo; pero, por fin, puedo ser fiel a Dios y a mí mismo”.
Durante los duros días de su proceso, Quintín y Eusebio apenas recibieron tibias muestras de apoyo de sus compañeros. Siempre entre susurros. La solidaridad no abunda entre los curas. No es costumbre. “La Iglesia es una dictadura justificada ideológicamente y aceptada profesionalmente”, define un sacerdote. “El gran problema es que en la Iglesia no hay libertad de expresión”, analiza un jesuita represaliado durante el pontificado de Juan Pablo II, “porque, si la hubiera, habría libertad de opinión y se podría debatir. Por eso, más grave que la obsesión de los obispos por la sexualidad es que los teólogos no puedan hablar o no haya libertad de cátedra”.
Desde su triste experiencia, otro jesuita, Juan Masiá, de 65 años –un especialista en bioética formado en Europa y Japón, y despojado de su cátedra en la Universidad Pontificia de Comillas por la jerarquía a comienzos de este año (“aún no sé por qué me han echado”)–, pone la rúbrica: “Yo dije que el condón no es cuestión de fe, sino de sentido común; que es recomendable para evitar contagios y abortos. Y que en los estudios sobre clonación tiene que haber un código ético, se debe actuar con prudencia y seguir investigando. Pero el cardenal Rouco no traga el disenso. Disentir es explosivo. Algunos piensan que soy un imprudente, pero yo creo que no decirlo sería inmoral”.
Sólo un mes más tarde del artículo de Eusebio, el 18 de junio de 2005, 20 obispos se manifestaban en Madrid, con la refulgente cruz pectoral sobre el terno negro, en contra del proyecto de ley de matrimonios homosexuales. Codo con codo, la cúpula del PP. Sólo un puñado de medios religiosos, como la revista RS 21 –vanguardia informativa del catolicismo más avanzado; la de mayor difusión y con una vibrante presencia en Internet–, se mantuvieron al margen de esa iniciativa política. “Se nos convocó como católicos, y como católicos no estábamos conformes con esa manifestación”, asegura su redactora jefe, Ángeles Romero. Los artículos de RS 21, editada por la Congregación de los Sagrados Corazones, levantan ampollas en el búnker. Algunos les llaman herejes. Ellos siguen su camino. No saben por cuánto tiempo.
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